domingo, 12 de junio de 2011

La pesca de una historia...

Aquella última tarde en la que estuve haciendo fotos en las playas de pesca de Taganga, me senté sobre un palo viejo de trupillo a esperar junto con el resto de pescadores la orden para halar el chinchorro a la playa y sacar el pescado, así pasaba el tiempo yo, con la cámara colgada del cuello esperando el instante para hacer una foto o pescando, aunque quizá al final fueron más las veces que pasé los días pescando, porque mientras de aquella forma impertinente me convertía en testigo presencial de la cotidianidad de un oficio que tal vez es imposible configurar en unas pocas imágenes, cada cuento y cada retazo que lograba conocer de la larga historia de aquel pueblo de pescadores sólo me convencían de que nunca tendría mejor cámara fotográfica que la que tenía en mi cabeza, más sin embargo, de alguna forma simple y sencilla trataría de dar cuenta, en algunas de mis fotografías, de un pedazo de aquella historia ancestral que lleva generaciones escribiéndose sobre las aguas del Mar Caribe y que aún hoy se resiste a desaparecer de la memoria de decenas de hombres que siguen entregándole su vida al mar y a la arena.


Y entonces también ocurrió, en una de aquellas tardes en las que estaba sentado en alguna de las playas de pesca, quizás en Genemaca, quizás en La Aguja, en medio de la espera, escuchando las historias de uno de aquellos pescadores que pasaba la tarde fumando tabaco enrollado y tejiendo un paño para uno de los chinchorros, mientras al fondo se escuchaba el golpeteo de las fichas del dominó contra la improvisada tabla de juegos, me levanté de la arena, caminé hasta donde estaba mi mochila, tomé la cámara y entonces me di cuenta que nadie se percataba de mis movimientos, había logrado por instantes hacer parte de aquella cotidianidad que había visto desde afuera, así entonces, en aquellos instantes en los que la cámara parecía desaparecer, podía sacar los retazos y las imágenes para armar mi historia sobre los pescadores de Taganga, sentado junto a la mesa del dominó, halando un chinchorro o con los viejos tejiendo, teniendo siempre la certeza que detrás de cada imagen habrá una historia que poco a poco se esconderá en la memoria de un pueblo y el silencio.

jueves, 24 de marzo de 2011

Que entre la nieve y el mar hay más de 256 tonos de GrisMedio...

Que la identidad no existe...


Y es que tal vez es sólo coincidencia que la sal sea usada para derretir la nieve, pero quizá ante la duda ambas se encargaron de alejarse lo suficiente la una de la otra y una eligió el mar y la otra elegió la cumbre de las montañas. Porque es que del recorrido entre 0 metros a 5.000 hay más de una historia que nunca será escrita ni contada, ni siquiera mencionada. Que las lágrimas en el mar o en la nieve saben a sal, sobre la arena se vuelven escamas y sobre la blanca montaña se convierten en escarcha. Porque aprendí el inconmensurable valor del silencio, de ese que deja escuchar a kilómetros el ladrido de un perro, el golpe de las olas contra las rocas o el pulso acelerado por el miedo. Que sonrío cuando un bogotano me pregunta -¿y usted de dónde es?-. Que siempre recordaré el sonido de las piedras arrastradas por el Mar. Que siguen valiendo los puntos suspensivos...


Que soy hijo de campesinos y conozco la mata de yuca. Que nunca tendré mejor cámara que la que tengo en la cabeza. Que rajar leña no es tan fácil y después de dos horas el hacha se resbala entre la sangre y el sudor. Que el guarapo sabe mejor cuando uno se lo gana. Que un sombrero vueltia’o puede estar colgado en una casa de bareque de Boyacá. Que Don Quijote y Sancho Panza subieron el gas para cocinar en una mula con hambre y a ninguno le interesa leer su historia escrita, que el headlamp y el camelback deberían ser de los inventos del siglo XX. Que el helado de mandarina con pedacitos de banano sabe mejor si se acaban de bajar las mandarinas del palo. Que quizá aquel alacrán estaba más aterrado que yo y por eso se fue sin despedirse. Que el horno de barro se resiste a derrumbarse y que es divertido puntearle el camino a tu viejo, en su tierra...


Que el camino hacia las montañas se hace casi siempre en silencio. Que el respeto y el miedo se comparten con el parcero que va al lado. Que el frío de la tarde es capaz de producir delirios, de hacer ladrar perros y de hacer rugir motores de autos. Que el vallecito es una muy mala pista entre miles de montañas. Que eso de “hace frío” es bien relativo y los puntos suspensivos se pueden alargar más o menos. Que la sonrisa del parcero al pisar la nieve es la mejor forma de seguir pensando en las altas cumbres. Que tomar agua de “la fábrica” de los Ritak-Uwa's enfría los labios y la boca pero calienta el espíritu. Que el mate nos hace hablar de los viejos y de los recuerdos. Que los Gummi Bears están cordialmente invitados a la próxima vuelta. Que en ese puñado de nieve que se llevó el viento volaron muchos sueños. Que Carlitox tiene una nueva foto sobre el Ritak-Uwa Gris Medio. Que la verdadera cumbre es abajo y hay que guardar ganas para bajar...


Que tengo estómago para comer boli y comer tamarindo con sal y pimienta. Que pronunciar la “R” no es tán fácil para un niño de cuatro años. Que "Mangle" está cada vez más loco y que sería un honor “cafetearlo” algún día. Que en una aguja cabe una isla. Que el pico de un loro es como el pico de un calamar. Que si se come de más la tripa se gasta y por eso uno se enferma. Que para adrenalina no hay que tirarse de un puente sino andar en mar abierto en la madrugada. Que siempre, la Marihuana llega cuando es debido. Que un chinchorro vale 10 barras y es tejido a mano. Que los reyes de esa vaina son Juancho Rois y Colacho Mendoza. Que un pulpo vale 6 barras y no hay que matarlo. Que la cachorreta, el macaví, la macarela y el ojo gordo saben mejor cocinados a leña a 10 pasos del mar. Que Michael Jackson era “no joda, tremendo artista”. Que el motor “tapa cuadrada” era un guerrero. Que para acabar el dulce cae bien un calamar. Que ya casi llegamos, ya vamos por Sisihuaca...


Que quizás a la vuelta nos vemos...


miércoles, 23 de marzo de 2011

Hombrecito vestido de rojo...

Justo aquella tarde tuve esa vieja sensación, mientras jugaba con la armónica en mi bolsillo y fijaba la mirada en la madera vieja de los vagones del subte A. Me apresuré entre la gente y con una fuerza desganada abrí la puerta del vagón y empecé a subir las escaleras hacia la Plaza Miserere al tiempo que secaba las lágrimas de mi barba antes de llegar al cruce de la Av. Rivadavia. Cuando me detuve justo en el borde de la vereda y puse mi mirada en el hombrecito iluminado de rojo se me doblaron las piernas y empecé a escuchar el latido de mi corazón como solía ocurrirme a veces, allí parado sabía que siempre iba a estar irremediablemente perdido, siempre, como aquella vez en las escaleras de mi casa de infancia, iba a gritar con rabia y con lágrimas que yo podía solo...

viernes, 7 de enero de 2011

"You've seen a thousand like me..."

¿Cuál es el impulso hediondo que sustenta esa necesidad casi generalizada de hacer ruido, de ser visibles a la fuerza, de destacar nuestras historias como titulares de prensa, como si las noticias en un país lleno de tribulaciones no fueran suficientes?

¿Por qué la ubicación geográfica, por qué la necesidad de detenerse en medio de la Gran Muralla China para sacar un aparato y regurgitarle al mundo la insignificancia del lugar que ocupan nuestros pies en determinado lugar frente a las historias que pasaron y pasaran antes y después por allí?

¿De dónde aparece esa sensación que dan algunos de estar tachando una lista, con la imperiosa urgencia de buscar una red de Internet en medio del desierto, frente al mar, en una montaña nevada o en la selva para aclarar "en donde estoy yo y en donde no está usted"?

Creo que a la larga el "problema" es que nuestra soberbia y nuestro desdeño por el silencio nos ha traído a la mezquindad de escribir nuestras historias y relatar nuestros viajes aun antes de dejar que el sonido del tren en el que partimos con la mochila a la espalda, se aleje un poco en el horizonte...

lunes, 4 de octubre de 2010

Change a profile picture...

Y cómo se atreven a pensar que reconocen al otro, a la diferencia? Si no somos capaces de reconocernos a nosotros mismos y necesitamos, casi como se necesita tomar agua, actualizar "nuestra" imagen cada 7 horas para dar cuenta de lo que somos, de lo que hacemos y de lo que pensamos. De lo que hice, de lo que produzco, de lo que siento, de lo que ignoro, de mi lugar y mi espacio. Se configura entonces casi como una necesidad bizarra de dar cuenta de lo que hago y vos no haces, del lugar que yo conocí y vos no conocerás, del viaje que hice y que vos no harás, del país que visité y vos ves por TV, del último juguete que compré y que vos verás en vitrinas y en folletos tirados en la calle, del lugar que sueñas conocer y que yo visito todas las semanas. Y seguimos pasando nuestras imágenes en donde pretendemos reconocernos y aparece una en la que se sostiene un cartón rectangular que también pretende reconocernos e identificarnos, un cartón por el que me vestí 5 años en jeans, tennis y mochila, pero que debo recibir (y quiero recibir) con un nudo en la garganta, no de la emoción sino de alguna de aquellas tiras de seda que muy bien Don Chinche satirizaba. Y pasan 12 horas y esa imagen ya no soy yo, porque necesito "actualizarme" y mostrarles que conozco Paris, con una foto en donde no se ve Paris sino me veo yo, aunque no me reconozco y la foto no dice mucho...


Alguna vez aprendí que una foto debe mostrar un lugar como "habitable", no como visitable y en ese proceso, a pesar de los errores, elegí después de un tiempo, estar atrás de la cámara para contar mi historia de otros lugares y de otros, tan iguales y diferentes como yo, porque la mía, me la pueden preguntar y se las cuento en voz baja, no en la mitad del panóptico...

sábado, 4 de septiembre de 2010

256 puntos suspensivos de gris medio...

Y a la larga estos tiempos violentos no son más que puntos suspensivos que se suceden, que puestos en línea (la línea que te imagines, recta, estirada, con ondas o sin ellas, hecha con estrictos manuales de construcción de líneas o puesta ahí por el azar, en la arena por el mar) no dan cuenta de nada a los extraños de mi historia, aquellos puntos no se delimitan los unos de los otros, no se sabe si aquel punto es del tríptico de la diestra o la siniestra y todo se configura entonces tan sólo como una continuidad discontinua... Sólo se podrían hacer notar algunos puntos suspensivos, elegidos entre todos bajo algún azar propio del Fausto de Goethe o de las notas del "violín del diablo" del Caprice N° 24 de Paganini, sería posible encerrándolos, a esos tres personajes, en medio de unos paréntesis, pero quizá entonces no harían más parte de la absurda continuidad(...)

domingo, 8 de agosto de 2010

Eran casi las diez...

…Eran casi las diez de la noche, sentía ganas de llamar para despedirme porque ella era la única que no sabía que me iba tal vez para siempre, pero quizá ya había sido suficiente todo el dolor que había producido en mi casa la noticia de que me marchaba. A pesar de las continuas intenciones de alejarme del cigarrillo, me acerqué a una de las tiendas de la terminal de buses y compré un cigarro. Tal vez se me notaba en la cara el dolor de dejar atrás esta ciudad porque la mujer que me atendió decidió no cobrármelo. Encendí el cigarrillo y me acerqué caminando hasta el gigante ventanal que permitía ver la partida y la llegada de los buses, cada uno repleto de historias y mundos, de lágrimas, de alegrías y de promesas de regresar algún día, sentía una profunda tristeza pero irme y dejarlo todo atrás era uno de mis sueños.


Me acerque a una banca y me senté a mirar pasar la gente por la plazoleta, después de un rato allí mirando a todos y a nadie, saqué de mi maleta un pequeño cuaderno y un lápiz viejo y durante un momento hice algunos rayones por toda la hoja tratando de dibujar algo, sin embargo los muñecos que dibujaba no tenían ningún sentido, simplemente de esa forma, haciendo rayones, trataba de soportar la espera que sufría mientras me permitían abordar el bus que me llevaría lejos de este país. Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta y con la mano derecha encontré el boleto del autobús, allí se leía que a la media noche saldría el bus que esperaba, justo a media noche partiría de mis sueños para cumplir otro, justo en medio de la oscuridad saldría de mi ciudad sin la certeza de volver, justo a media noche me alejaría de todo lo que tenía y de lo que nunca pude tener.


Estuve cabizbajo algunos minutos después de pensar eso, tenía ganas de llamar a muchas personas y despedirme pero sentía que mi partida y mi ausencia sólo le importaban a muy pocas personas, sin embargo cuando pensé en llamarla a ella, no pude responder si ella me extrañaría o no, no sabía si yo le iba a hacer falta, no podía responder eso. Me levanté de la silla y fije la mirada en uno de los relojes de la Terminal, eran las 22:38 de la noche. Bajé la mirada hacia el inmenso corredor de la estación de buses tratando de perderme entre los afanes de quienes corrían para alcanzar las ventanillas de registro, pensaba lo larga que sería la espera en medio de la tristeza y me imaginaba que aquella espera sería menos dolorosa si ella llegase por una de las puertas de acceso y me acompañara hasta la media noche.


Quizás si ella estuviese aquí acompañándome, no sentiría el dolor que soportaba al ver cómo el reloj se acercaba como un verdugo con pies de plomo a las 00:00. Tenía muchas ganas de despedirme de ella pero quizá a ella no le importaba despedirse porque casi siempre estuvimos lejos uno del otro, por su locura y por la mía, por sus miedos y por los míos, porque ella talvez nunca quiso estar cerca o porque yo no supe hacerle falta. Volví a ver el boleto del autobús y sentí ganas de que fueran no uno sino dos los boletos que estaban en mi bolsillo, que fueran dos los boletos que esperaban la media noche y que junto a mi maleta hubiera otra cargada con los sueños de ella.


Fijé otra vez mis ojos en el reloj y mientras veía como pasaban lentamente los minutos caminé hasta uno de los teléfonos de la Terminal, marqué el número de su teléfono móvil y hablamos un instante, un breve instante, hablamos sobre la universidad y las clases, sobre las vacaciones, sobre sus trabajos, sobre mis cuentos extraños, sobre su gato y sobre mi perro, hablamos de todo y no hablamos de nada. Ella me dijo después de un rato que tenía sueño y que estaba estresada y que prefería que habláramos otro día, le dije que no había problema pero nunca le mencione que en menos de una hora me iba para siempre, le dije que se cuidara de todos sus fantasmas y le dije que la quería mucho, sin embargo después de la última frase hubo por algunos segundos un ensordecedor silencio al otro lado del teléfono y luego un frío “chao”.


Colgué el teléfono y fui caminando lentamente hacia la silla en donde estaba mi maleta, busqué algunas monedas y fui a comprar otro cigarrillo. Pagué el que debía de antes y compré una caja entera porque el frío, la soledad y la tristeza me atormentaban, volví otra vez al ventanal a esperar que llegara mi bus y saqué un cigarrillo y lo encendí…


…Tal vez cuando llegue a mi destino le escriba un cuento diciéndole que me fui, además alguna vez me dijo que le gustaba recibir por lo menos mis cuentos.